The woman who sat facing me in the coffee shop in León, Nicaragua was still recognizable after more than 20 years. When I first met “Ana Cristina” in 1995, she was a young law student at León University and a participant in a study I led on domestic violence in Nicaragua—one of the first population-based prevalence studies examining violence against women and girls in Latin America.
The study’s purpose was to provide the data needed to persuade Nicaraguan lawmakers to protect women from domestic violence. Interviewing almost 500 women in 1995, we discovered that half had been beaten or raped by an intimate partner, and one-in-four had experienced violence during the past year.
Ana Cristina’s story became symbolic of many women’s stories and helped illustrate the horror behind these numbers: Ana Cristina had been married at 15 to a man who brutalized her and their two daughters for years. When she tried to report him to the police, they told her to be a better wife. When she tried to leave him, he won her back with apologies and gifts. Only her grandmother encouraged her to leave. Using a common phrase in Nicaragua, she asked: “Child, what are you going to do with candies in hell?”
The study’s findings were revelatory, sparking a wave of nationwide indignation. “I don’t want any more candies in hell” became a rallying cry for Nicaraguan women, and a powerful women’s movement won support for a new law—unanimously passed—to protect victims of domestic violence. Over the past 20 years, this movement has successfully advocated for better law enforcement and services for women and girls suffering violence, including specialized women’s police stations, crisis centers, and campaigns to raise awareness of women’s rights.
When my team and I conducted a follow-up study in León in 2015, we found that physical domestic violence was down by 70 percent—even after controlling for changes in demographic factors like age and education. The new study found that younger women were more likely to seek help for abuse, more aware of their legal rights, and much less likely than their older counterparts to believe that violence against women was justified. With men and women no longer repeating the violent behavior they saw growing up, our study showed—for the first time ever—that investments in legal reforms, special services for women, and transforming social norms can indeed prevent violence against women and girls on a large scale.
It’s hard to overstate the implications of this for other nations with high levels of violence against women. Every country is different, of course, and more research is needed. But Nicaragua shows that autonomous women’s movements and responsive governments can effectively treat a social problem many believe to be unsolvable.
But, it takes vigilance to keep violence at bay. When nations are in crisis or conflict, we are reminded how fragile the hard-won protections for women truly are. It is no coincidence that women’s hotlines and domestic violence shelters worldwide are reporting a huge spike in requests for help amidst the current coronavirus pandemic.
Nicaragua was in crisis even before the pandemic began. Shortly after we concluded data collection in 2016, the current Ortega regime shut down essential government services for women experiencing violence. Two years ago, they brutally repressed public protests, leaving hundreds dead and sending 70,000 others into exile, including one of the co-authors of our study. The public health crisis has only made the situation worse. Services and protections for women cannot be relaxed when new crises arise; if anything, they should be strengthened.
Twenty years after I first met her, I learned that Ana Christina’s daughters are now thriving. One became a doctor; the other a lawyer. She noted that there had been change, saying that violence against women is talked about much more. Women, she felt, had become more willing to act and less willing to be acted upon. “People,” she said, “are rejecting violence.” Once again, it’s time for the Nicaraguan government to follow their lead.
Dr. Mary Ellsberg is the Executive Director and Founding Director of the Global Women’s Institute at the George Washington University. Dr. Ellsberg has more than 30 years of experience in international research and programs on gender and development. Before joining the university in August 2012, Dr. Ellsberg served as Vice President for Research and Programs at the International Center for Research on Women. Dr. Ellsberg’s deep connection to global gender issues stems not only from her academic work, but also from living in Nicaragua for nearly 20 years, leading public health and women’s rights advocacy. She was a member of the core research team of the World Health Organization’s Multi-Country Study on Domestic Violence and Women’s Heath, and she has authored more than 40 books and articles on violence against women and girls. Dr. Ellsberg earned a doctorate in epidemiology and public health from Umea University in Sweden and a bachelor’s degree in Latin American studies from Yale University.
Podía reconocer a la mujer sentada frente a mí en ese Café en León, Nicaragua después de más de 20 años. Cuando conocí a Ana Cristina por primera vez en 1995, era una joven estudiante de derecho en la Universidad de León y una de las participantes del estudio que lideré acerca de la violencia en Nicaragua – uno de los primeros estudios poblacionales de prevalencia de la violencia hacia las mujeres y las niñas en América Latina.
El objetivo del estudio era proveer la información necesaria para persuadir a las/os legisladores de proteger a las mujeres de la violencia doméstica. A partir de entrevistas a casi 500 mujeres en 1995, descubrimos que la mitad había sido golpeada o violada por su pareja alguna vez en su vida, y que una de cada cuatro había experimentado violencia en el último año.
La historia de Ana Cristina se convirtió en un símbolo de muchas historias de mujeres que ayudaron a ilustrar el horror detrás de estas cifras: Ana Cristina se había casado a los 15 años con un hombre que las había brutalizado a ella y a sus dos hijas por años. Cuando intentó reportarlo a la policía, le dijeron que debía ser una mejor esposa. Cuando quiso dejarlo, él la conquistó nuevamente con disculpas y regalos. Sólo su abuela la alentó a dejarlo. Usando una expresión común en Nicaragua, le preguntó “Hija ¿Qué vas a hacer con confites en el infierno?”
Los resultados del estudio fueron reveladores, iniciando una ola nacional de indignación. La frase “No quiero más confites en el infierno” se convirtió en una consigna de las protestas de las mujeres nicaragüenses, y un movimiento de mujeres poderoso ganó el apoyo necesario para la nueva ley 230 en 1996 – aprobada unánimente – para proteger a las víctimas de violencia doméstica. A lo largo de estos últimos 20 años, el movimiento de mujeres, expecialmente la Red Nacional de Mujeres contra la Violencia, ha abogado por mejores leyes (incluida la Ley 779) y servicios para las mujeres y niñas que sufren de violencia, incluyendo la creación de las Comisarías de la Mujer y la Niñez, centros de atención en crisis y campañas para visibilizar la importancia de los derechos de las mujeres.
Cuando realizamos un estudio de seguimiento en León en 2016, encontramos que la violencia doméstica física se había reducido en un 70% – aún controlando por cambios demográficos como edad y educación. El nuevo estudio encontró que las mujeres más jóvenes eran mucho más propensas a buscar ayuda ante un abuso, poseían un mayor conocimiento de sus derechos legales, y tenían mucho menores probabilidades que la anterior generación de creer que la violencia hacia las mujeres estaba justificada. Con los hombres y las mujeres que no estaban repitiendo el comportamiento violento que vivieron en su infancia, nuestro estudio demostró – por primera vez – que las intervenciones en reformas legales, servicios especiales para mujeres, y la transformación de las normas sociales, con una estrecha coordinación entre la sociedad civil y los gobiernos pueden en efecto prevenir la violencia contra las mujeres y las niñas a gran escala.
Es difícil exagerar las implicancias de estos resultados para otras naciones con altos niveles de violencia contra las mujeres. Cada país es diferente, por supuesto, y se necesita mayor investigación. Pero el caso de Nicaragua demuestra como los movimientos de mujeres y los gobiernos receptivos pueden tratar efectivamente un problema social que muchos creen imposible de resolver.
Pero se necesita seguimiento para mantener a raya la violencia. Cuando las naciones están en crisis o en conflicto, se manifiesta lo frágiles que son realmente las protecciones ganadas con tanto esfuerzo para las mujeres. No es una coincidencia que las líneas directas para mujeres y los refugios de violencia doméstica en todo el mundo estén informando de un gran aumento en las solicitudes de ayuda en medio de la actual pandemia de coronavirus.
Nicaragua estaba en crisis aún antes de que la pandemia comenzara. Al poco tiempo de haber finalizado la recolección de datos en 2016, el actual régimen de Ortega cerró servicios esenciales de gobierno para mujeres que estaban experimentando violencia y los espacios de colaboración entre el estado y la sociedad civil para hacer frente a la violencia se vio afectada. Hace dos años, reprimieron brutalmente protestas públicas, dejando centenares de muertos y obligando a 100.000 personas a exiliarse, incluyendo uno de los coautores de nuestro estudio. La crisis de salud pública sólo empeoró la situación. Los servicios y protecciones para las mujeres no se pueden ver afectados ante nuevas crisis, por el contrario, deberían fortalecerse.
Veinte años después de que la conocí, supe que las hijas de Ana Cristina estaban prosperando. Una se graduó de médica, y la otra de abogada. Mencionó que ha habido un cambio, que hoy en día se habla mucho más de la violencia contra las mujeres. Las mujeres, ella cree, están mucho más dispuestas a actuar y menos propensas a dejarse manejar. “la gente está rechazando la violencia” dijo. Una vez más, es hora de que el gobierno de Nicaragua siga su ejemplo.
La Dra. Mary Ellsberg es la directora ejecutiva y fundadora del Instituto Global de las Mujeres en la Universidad de George Washington. Tiene más de 30 años de experiencia en investigación internacional y programática en el campo de género y desarrollo. Antes de unirse a la universidad en agosto de 2012 la Dra. Ellsberg fue Vicepresidenta de Investigación y Programas en el International Center for Research on Women. La profunda conexión de la Dra. Ellsberg’s con los problemas de género globales surge no solo de su trabajo académico, sino también de haber vivido en Nicaragua por casi 20 años, participando en la lucha por los derechos de las mujeres. Fue miembro del equipo técnico de la del estudio multi-país de violencia doméstica y salud de las mujeres, y es autora de más de 60 libros y artículos acerca de la violencia contra las mujeres y las niñas. La Dra. Ellsberg es doctora en epidemiología y salud pública por la Universidad de Umea en Suecia y licenciada en estudios latinoamericanos por la Universidad de Yale.